Epílogo: El Hombre

Esta tercera y última parte, aunque escueta, está centrada en «El hombre», como la primera parte estuvo dedicada a «El cielo», y la segunda, a «El cielo en la Tierra». Y es que, efectiva y finalmente, el hombre es la confluencia del cielo y la Tierra. Y ese cielo, con sus constelaciones y astros, se individualiza en la Tierra a través del hombre, de cada hombre en concreto.

Efectivamente, al principio de esta obra dijimos que el tema astral no es más que la individualización del cielo —el mismo para todos—, respecto a un ser que acaba de nacer en un momento y lugar determinados. Pero ese tema astral no es más que una imagen simbólica de ese ser que acaba de nacer: un hombre. Y ese hombre es, de hecho, la materialización viva de ese cielo en la Tierra. Ese hombre es un ser, pues, real y vivo y, por tanto, de una complejidad y riqueza únicas, de las que el tema astral —como cualquier fotografía o radiografía— no es más que una imagen, simbólica y, por tanto, sutil, pero una imagen en definitiva.

Con ello lo que quiero señalar es que la realidad, en este caso, el hombre, siempre es más rica que cualquier aproximación, por fértil y compleja que ésta pueda ser. Y que desde el origen de la Humanidad han existido formas de aproximación a la comprensión del hombre, aproximaciones que cambian y se suceden a lo largo de los siglos; y, mientras, el hombre sigue ahí, fuente inalcanzable de comprensión para todos los tiempos. La Astrologia, pues, pertenece a ese acervo cultural de la Humanidad, como uno de los métodos de conocimiento —no el único— más ricos y profundos, avalado por una experiencia milenaria. Pero no es más que eso, aunque ello no sea poco: un medio de conocimiento del hombre. Y el hombre es la única realidad.

«El cielo es lo que estuve buscando a lo largo y a través de la espesura de confusa y demoníaca carne de mi vida —¡el cielo! ¡Ay de aquel que todavía no ha comprendido eso!

»(…) ¡Gala, tú eres la realidad!

»Y ¿qué es el cielo? ¿Dónde se encuentra? “El cielo se encuentra, ni arriba ni abajo, ni a la derecha ni a la izquierda, el cielo se halla exactamente en el centro del pecho del hombre que tiene fe.”»1

Quizá sólo un artista como Dalí podría expresar así cómo la realidad, el hombre, es la materialización del cielo en la Tierra.

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