Características físicas

Por el Ascendente Cáncer, cabría esperar un físico moreno, de estatura no muy alta, formas redondeadas, piel blancuzca, ojos grandes y negros y una cierta suavidad física. Evidentemente, esta suavidad sí que la tiene Dalí, sin embargo, se ve muy matizada por el regente de Cáncer, la Luna, que se encuentra en el fogoso signo de Aries. Esto imprime dinamismo al físico y también delgadez, que compensa lo anterior. Quizá lo que más recuerda al elemento Cáncer es algo pasivo que hay en la expresión, tanto de cuerpo como de cara, incluso a pesar de su voluntaria mirada penetrante, que es más voluntaria que instintiva. Esa mirada posee algo acuoso, y en los ojos, ligeramente hacia arriba, hay una cierta blancura por debajo de las niñas, típicos del signo Cáncer. La suavidad sigue conservándose. La inarmonía de la Luna, regente del Ascendente, con Neptuno, daría una cierta tendencia a engordar, que, sin embargo, se ve asimismo matizada por la Luna en un signo de Fuego, en inarmonía a su vez con Urano, que otorga una gran tensión corporal y también por el conglomerado en Tauro, inhibido por el asténico Saturno. La desmesura de la que acabamos de hablar quizá podría verse por la voluntad de Dalí en crearse un físico aparatoso, excesivo, excéntrico (Luna en inarmonía con Neptuno y Urano, además de Júpiter en inarmonía con el Ascendente).

«Me probé los pendientes de mi hermana varias veces. Me gustaba vérmelos puestos, pero decidí que serían un estorbo para nadar. Sin embargo, púseme el collar de perlas. Sería mucho mejor en ausencia de ropa llevar el cabello revuelto que emplastado como de costumbre. Decidí que ya me habían visto el día anterior con el cabello liso y lustroso y que lo volvería a engrasar en la tarde. Cuando vengan, pensé, bajaré con el collar de perlas, mi cabello muy revuelto y llevando en la mano la paleta llena de pinceles. Esto, combinado con la negrura de mi piel, oscurecida por el sol como la de un árabe, acaso produjera en ellos un efecto interesante (…). Tomé mi camisa más fina y di unos cortés irregulares en su faldón, haciéndola tan corta que no me llegaba al ombligo. Después de lo cual, y de ponérmela, empecé a desgarrarla astutamente: un agujero descubrió mi hombro izquierdo; otro, los negros pelos de mi pecho, y un gran desgarrón cuadrado, al lado izquierdo, permitía la exhibición de mi pezón, que era casi negro.

»Una vez rota la camisa en todos los sitios adecuados, se me presentaba el gran problema del cuello de la camisa: ¿debía abrocharlo o dejarlo abierto? Ninguna de las dos cosas. Abroché el botón superior, pero corté completamente el cuello con una tijera (…). Afeité mis axilas. Pero no logrando el azulado efecto ideal que observara por primera vez en las elegantes madrileñas, fui a buscar un poco de azul de lavar, lo mezclé con unos polvos, y teñí con la mezcla mis sobacos (…). Entonces tuve una idea que me pareció excelente y digna de mí. Comprendí que lo que convenía no era un azul artificial, ni el actual rosa brillante. En cambio, sangre cuajada y seca, en esta parte del cuerpo, haría sin duda una impresión extraordinaria (…). En pocos segundos tuve los sobacos ensangrentados (…). Mi transformación me parecía más y más deseable, y cada vez me enamoraba más de mi nuevo aspecto. Diestramente, fijé un geranio de fuego tras de mi oreja. Me habría gustado llevar algún perfume…»41

Así es como se presenta ante Gala para seducirla, cuando la acaba de conocer.

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