Las luminarias: polaridad Sol/Luna – Mitología

En un principio remoto, la divinidad creadora y fecundadora de la Naturaleza y sus seres eran una presencia o influjo de tipo lunar. Más tarde, esta presencia lunar se personalizó bajo la forma de un hombre, «el Hombre de la Luna», que luego se convierte en dios o divinidad lunar masculina fertilizante y que, posteriormente, se encarnaría en la figura del rey.

Es de señalar que tanto divinidades como reyes llevaban una diadema en forma de Luna Creciente. La media Luna se asimilaría a los cuernos del toro, animal de conocida virilidad fecundadora y cuya hembra, la vaca, posee un período de celo mensual semejante al de la fecundación de la mujer. Según el mito, este Hombre de la Luna era devorado por un monstruo o dragón, descendiendo a los infiernos, tinieblas o vientre del dragón. Su hijo, héroe asimismo lunar, mata al dragón y se convierte en un rey pacífico, que enseña a los hombres la agricultura y al mismo tiempo es un gran legislador y juez. A su vez, este héroe es muerto por el dragón y posteriormente vengado por su hijo.

El ciclo lunar. Este mito no es más que el ciclo lunar mismo. El héroe de la Luna es devorado por el dragón de la oscuridad, la Luna nueva, y renace en su hijo con la Luna creciente, para de nuevo morir tras la Luna menguante.

La historia típica es que el hombre de la Luna inició su carrera cuando la media Luna creciente aparece por primera vez, para combatir al demonio de la oscuridad que había devorado a su padre, la Luna vieja (…). El héroe derrota al demonio y, cuando la Luna alcanza su plenitud, reina triunfante sobre la tierra (…). En Egipto, como en Babilonia, el culto de la Luna precedió al del Sol. Osiris, el dios de la Luna, e Isis, la diosa de la Luna, hermana y esposa de Osiris, y madre de la joven Luna, Hor, aparecen en los escritos religiosos antes de la dinastía V (alrededor del a. 3000 a.C), mientras que el culto a Ra, dios solar, no floreció antes del final de la dinastía XIII, probablemente cerca de 1800 a.C, e incluso entonces el culto de Ra no desbancó al de la Luna. Por el contrario, poco a poco Osiris acabó por ser asimilado al dios solar, de modo que en los escritos más tardíos, mientras le son atribuidos muchos de los epítetos propios de un dios solar, continúa manteniendo la cualidad y características de una divinidad lunar. Es la Luna, pero, cuando con su resurrección obtiene la inmortalidad, es saludado como el Sol… Estas transformaciones se producen gradualmente a lo largo de un período no inferior a los 2 500 años… (6)

El dios lunar. Ahora bien, la Luna no sólo era considerada un principio fecundante por su relación con la vegetación y las épocas de siembra y recolección, sino por su relación con el ciclo de fecundación de la mujer, llegando incluso a creerse —cuando todavía la incidencia de la paternidad era desconocida— que las hembras eran fecundadas por un rayo de Luna.

Esta relación entre principio fecundador y la fecundidad femenina terminan por mezclarse.

Así, algunos dioses lunares son efectivamente andróginos, tanto masculinos como femeninos. Sin, el dios lunar de Babilonia, es llamado por sus adoradores Útero materno, generador de todas las cosas, ¡oh padre Misericordioso que tomas a tu cuidado el mundo entero! (7)

Este aspecto femenino es asumido en el mito babilónico por su hija, la diosa lunar, Ishtar, considerada al mismo tiempo como Madre e Hija de la Luna. El principio solar era, por su parte, encarnado por Shamash, el Sol.

Con el tiempo, el predominio del culto solar va suplantando al lunar, siendo eliminado el dios lunar por la supremacía del dios solar, y conservándose la diosa lunar, lo que vemos también repetirse con Osiris/Ra en Egipto.

El Hombre de la Luna, que muere y es vengado por su hijo, se transforma en el mito de la diosa madre lunar, la Gran Vaca celeste, siendo su hijo el que muere y resucita, asumiendo éste con su resurrección un simbolismo solar. La transición del dios lunar a la diosa lunar, que tuvo lugar en muchas religiones antiguas, se relaciona probablemente con el progresivo ascendente del culto del Sol, ya que el dios solar heredó del más antiguo dios lunar algunos atributos como divinidad fertilizante.

Es decir, que la fase luminosa de la Luna se relaciona al principio con un dios lunar y su fase oscura con el hecho de ser devorado por un dragón. Estas distintas fases o aspectos de la fecundación lunar son más tarde divididas en un dios masculino lunar y en su hija, diosa asimismo lunar. Posteriormente, con el desplazamiento del culto lunar por el solar, el dios lunar es sustituido por la diosa lunar, cuyo hijo también lunar es despedazado y arrojado a los abismos, donde pierde su miembro viril y resucita a continuación como héroe solar.

El dios solar.

Evidentemente, el despedazamiento del dios lunar no representa más que los sucesivos «mordiscos» que experimenta la Luna en su fase menguante, hasta llegar a la total oscuridad en su fase de Luna Nueva, durante la que pierde su poder fertilizante. Esta fase es considerada por todos los pueblos como negativa para la fecundación (en ella, por ejemplo, no es aconsejable sembrar determinadas especies), e incluso es considerada peligrosa para el físico y la mente. Es una fase de esterilidad que se representa con la pérdida del falo.

El predominio del principio solar sobre el lunar lo vemos claramente ejemplificado por el culto mitraico —muy posterior—, cuya iconografía representa a Mitra, el dios solar, en acto de dominar al toro, principio lunar. Muchos atributos de Mitra fueron incorporados a Cristo por los cristianos de Alejandría.

En Grecia, el Sol es adorado a través de la figura de Helios, representado en la plenitud de la virilidad y dotado de gran belleza, despidiendo su cabeza rayos que forman una cabellera de oro. Cada mañana Helios, presidido por la Aurora, y subido en un carro conducido por cuatro briosos corceles, Pirunte, Aetón, Eoo y Flegonte, nombres que evocan cada uno la idea de llama, fuego o luz, parte desde el país de los Indios y, a través de un estrecho camino que atraviesa el cielo, llega al anochecer al Océano, donde se bañan sus caballos, retirándose él a descansar en un palacio de oro. Faetonte, hijo de Helios y la oceánide Climene, quiere que el Sol lo reconozca como hijo, y le pide una muestra pública de confianza en que él, aunque sea un niño, como hijo del Sol se encuentra a su altura: que le deje conducir el carro solar. Helios al principio se niega, alegando que el carro solar es demasiado brioso para un niño, pero, acosado por su insistencia, finalmente accede. Faetonte empieza a recorrer el trayecto usual del Sol a través de la bóveda celeste, pero aterrado por la altura y amedrentado por la visión de los animales que representan los signos del Zodíaco, se desvía de su camino, los caballos se desbocan y la Tierra está a punto de perecer, bien porque el carro se acerca demasiado y la quema, bien porque se aleja y ésta se hiela. Hasta que, finalmente, uno de los rayos de Júpiter fulmina a Faetonte en su alocada carrera. Quizá, este mito se asemeja en algo al de Ícaro, al que su padre, el arquitecto Dédalo, le había hecho unas alas de cera para escapar volando del laberinto de Creta. El joven Ícaro quiere volar hasta el Sol, las alas se funden e Ícaro se precipita en los abismos.

De forma semejante a los mitos griegos, en Egipto, Ra, dios del Sol con cabeza del halcón sobre la que ostenta el disco solar, cada madrugada parte en una barca desde Oriente a un viaje de 24 horas a lo largo del Nilo celeste. La diosa Isis quiere saber el nombre misterioso y todopoderoso de Ra, cuyo conocimiento le permitiría adueñarse de una parte del poder del señor del universo. Para alcanzar sus fines, Isis recoge un poco de la saliva del dios y, amasándola con tierra, forma una serpiente que arroja al paso de Ra a través del cielo. La serpiente Apophis le muerde en el pie a Ra causándole un horrible dolor. Isis se ofrece a curarle a condición de que le diga el nombre sagrado. Finalmente, acuciado por el dolor, Ra se lo confía, disfrutando a partir de entonces la diosa Isis de un extraordinario poder mágico. Desde aquel momento, Apophis, el genio de Alejandría.

En Grecia, el Sol es adorado a través de la figura de Helios, representado en la plenitud de la virilidad y dotado de gran belleza, despidiendo su cabeza rayos que forman una cabellera de oro. Cada mañana Helios, presidido por la Aurora, y subido en un carro conducido por cuatro briosos corceles, Pirunte, Aetón, Eoo y Flegonte, nombres que evocan cada uno la idea de llama, fuego o luz, parte desde el país de los Indios y, a través de un estrecho camino que atraviesa el cielo, llega al anochecer al Océano, donde se bañan sus caballos, retirándose él a descansar en un palacio de oro. Faetonte, hijo de Helios y la oceánide Climene, quiere que el Sol lo reconozca como hijo, y le pide una muestra pública de confianza en que él, aunque sea un niño, como hijo del Sol se encuentra a su altura: que le deje conducir el carro solar. Helios al principio se niega, alegando que el carro solar es demasiado brioso para un niño, pero, acosado por su insistencia, finalmente accede. Faetonte empieza a recorrer el trayecto usual del Sol a través de la bóveda celeste, pero aterrado por la altura y amedrentado por la visión de los animales que representan los signos del Zodíaco, se desvía de su camino, los caballos se desbocan y la Tierra está a punto de perecer, bien porque el carro se acerca demasiado y la quema, bien porque se aleja y ésta se hiela. Hasta que, finalmente, uno de los rayos de Júpiter fulmina a Faetonte en su alocada carrera. Quizá, este mito se asemeja en algo al de Ícaro, al que su padre, el arquitecto Dédalo, le había hecho unas alas de cera para escapar volando del laberinto de Creta. El joven Ícaro quiere volar hasta el Sol, las alas se funden e Ícaro se precipita en los abismos.

De forma semejante a los mitos griegos, en Egipto, Ra, dios del Sol con cabeza del halcón sobre la que ostenta el disco solar, cada madrugada parte en una barca desde Oriente a un viaje de 24 horas a lo largo del Nilo celeste. La diosa Isis quiere saber el nombre misterioso y todopoderoso de Ra, cuyo conocimiento le permitiría adueñarse de una parte del poder del señor del universo. Para alcanzar sus fines, Isis recoge un poco de la saliva del dios y, amasándola con tierra, forma una serpiente que arroja al paso de Ra a través del cielo. La serpiente Apophis le muerde en el pie a Ra causándole un horrible dolor. Isis se ofrece a curarle a condición de que le diga el nombre sagrado. Finalmente, acuciado por el dolor, Ra se lo confía, disfrutando a partir de entonces la diosa Isis de un extraordinario poder mágico. Desde aquel momento, Apophis, el genio de las Tinieblas, amenaza continuamente al dios solar y se esfuerza por todos los medios en impedir su navegación, intentando incluso dejar seco el Nilo celeste por el que boga la barca de Ra.

De la lucha perpetua entre estas dos potencias adversas, pero al mismo tiempo complementarias (no hay que olvidar que el genio de las Tinieblas había sido formado de la saliva del dios solar, Ra), resulta el equilibrio del Universo.

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Notas
  • (6) M. Esther Harding, Woman's mysteries, G. P. Putnam's Sons, Nueva York.
  • (7) M. Esther Harding, op. cit.

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